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En memoria de Antonio

Publicado el Lunes 4/03/2013 | Escrito por | Sección: Actualidad

Carta de Despedida de Antonio el de Rosalía por Avelino Suárez - Celorio, Llanes - Celoriu.com

Avelino Suárez escribe esta entrañable carta tras la pérdida de su amigo Antonio Álvarez «el de Rosalía»:

El pasado viernes, 8 de febrero, poco antes de las nueve de la mañana, fallecía en Porrúa , Antonio Álvarez Pérez, Antonio el de Rosalía, mi amigo Antón, de Celoriu . Antonio había nacido 81 años antes en ese precioso pueblo, su pueblo del alma, al que iba todos los días desde Porrúa, donde vivía en El Pizá con Sara, su querida mujer, al lado de sus hijos Sara, José Antonio, de su nuera Ana y con su querida nietina María. Antonio, que era el gran referente del pueblo de Celoriu al que tanto amó, era de esa cultura de tierra adentro, de costumbres campesinas, agrícolas y ganaderas que no marineras, pero para el que el mar era una necesidad vital. Mar que miraba todos los días, allí desde La Rotonda , frente al bar de Pedro , cerca del Rebellín y del Monasterio de San Salvador , en ese bellísimo balcón inigualable al Cantábrico, sobre las playas de Las Cámaras y de Palombina. Era Antonio hombre de amigos, de buen humor, de espíritu joven, buen conversador, prudente, bromista, socarrón, un tanto pícaro, moderado, inteligente y trabajador. Era de esas personas que, acaso por haber vivido tanto y con intensidad, había pasado por casi todas las situaciones y no se asustaba de nada, ni de la muerte siquiera, no se escandalizaba por nada, todo lo entendía como cosas de la vida; hace tiempo tuve también otro gran amigo, ya fallecido, que miraba la vida con esa especie de escepticismo y que ante situaciones atípicas o llamativas concluía diciendo «son cosas de hombres y de mujeres».

Celoriano hasta los tuétanos, asturiano como nadie y orgulloso de ser español, este magnífico vecino e irrepetible amigo deja en todos nosotros un vacío que el tiempo y el recuerdo ayudarán a superar. Yo le conocí, poco después de hacer mi casa de Celoriu, allá por 1992, pues la finca de la casa de sus padres, Argimiro y Rosalía, «su casa», está frente a la nuestra, sólo separadas por el camino del Barrio de Abajo, colindando con el «bebederu». Jamás le oí hablar mal de nadie, jamás le vi, ni tan siquiera intuí, una crítica o mala opinión de nadie, ni tan siquiera le oí, tanto antes como ahora, en estos tiempos tan convulsos, ninguna opinión exagerada, inoportuna, negativa o fuera de lugar, acerca de lo público, y eso no quiere decir que no le preocupasen las noticias del día a día, de las que estaba puntualmente informado, como por ejemplo el desempleo, al que aludía con alguna frecuencia y con cierta preocupación. Su vida transcurría feliz y sin sobresaltos entre Porrúa y Celoriu.

Era hombre de costumbres y, en esa rutina diaria, a las nueve de la mañana compraba el periódico en la tienda de Manolita, actualmente regentada por Pedro; luego, y dentro de la vuelta por el pueblo, iba a ver «la mar», allí en silencio, con sus recuerdos de siempre, acaso recordando a sus padres y su infancia, cerca del Monasterio. Era cofrade de la Virgen del Carmen de Celoriu. Con su Suzuki daba una vuelta para ver el ganado que pastaba por la zona de San Martín, en aquel bello lugar de Travesedi, donde, al parecer, cuando las vacas se posicionan mirando con insistencia hacia Niembru, pronto llovería. Luego pasaba por «su casa» y veía todos los días a sus hermanos Celina y Esteban y también a Rosa y Leopoldo, los otros dos hermanos que viven cerca de dicha casa paterna. Después de comer y de la siesta diaria, jugaba la partida al tute con sus amigos, con Martino y conmigo, «donde Pedro», en el Castro El Gaitero, en el Chiqui, en Morán. Él me enseñó a jugar aceptablemente, aunque como él imposible. En nuestra última partida, el sábado anterior a su fallecimiento, ganó, como casi siempre. Su gran amigo Martino, con quien jugó la última, no recuerda cómo quedaron, seguramente porque el golpe de la sinrazón de su muerte le impide recordarlo. Su compañía se sentía siempre muy cercana, muy cálida, tanto en las tertulias como en los cortos paseos por Celoriu y Porrúa, con esa sabiduría que proporcionan el conocimiento de las cosas y la experiencia.

En Antonio la rutina de sus costumbres era prácticamente un rito, y, a su regreso a Porrúa por Romano y por Peredi, le esperaba con mucho amor Sara, esa extraordinaria mujer a la que siempre acompañaba y con la que la soledad, que tanto le preocupaba, es absolutamente imposible. Porrúa a la espalda, en el horizonte Celoriu, allí en la carretera de salida, a la altura del cruce a Carabascones, veinte metros antes del límite con Celoriu, antes de Covalayu, en esa mañana desapacible y lluviosa, en el borde mismo de la vida, la muerte se hizo presente, en el siempre incierto lugar donde te espera, que diría el filósofo, de repente, en silencio, sin más, tal vez dulce, y lo hizo de una manera acaso intuida, acorde con su vida. En la mañana del sábado y a la hora de siempre, en el lugar de siempre, «donde Pedro», con mucha mar, contemplamos las bravas embestidas contra el litoral de la playa de Los Curas, la espuma blanca sobre Peñamesada y el fuerte oleaje saltando por encima de «Picu», un mar salvaje, poderoso y bravo, como a él le gustaba.

En la tarde del sábado pasado, rayada por el sol, y con la presencia de aquel gentío, con familiares, vecinos y amigos, acompañamos a Antonio a su última morada en el cementerio de Porrúa, muy cerca de Sara y de los suyos, frente a aquel precioso paisaje calizo y verde de Los Corros y con las cumbres del Cuera y del Turbina nevadas. Esas cumbres y montes que Antonio tan bien conocía y en las que su cabaña pasaba las épocas de estío. Con Antonio se va una parte importante de la memoria histórica de Celoriu, esa memoria del paisanaje de raza de los pueblos, que trata con respeto su pasado y su historia. Querido amigo Antón, el recuerdo llenará el vacío que sentimos y como dice Isabel Allende: «La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo».

Celorio a 14 de Febrero de 2012

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