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El bolso de Odamae (XIV)

Publicado el Domingo 28/03/2010 | Escrito por | Sección: Colaboraciones

bolso odamae

Entre el tumulto de gente que transitaba la calle frenéticamente, estaba ella. Sola, detenida en mitad del bullicio. Buscaba tras el objetivo de la cámara las instantáneas de gentes desconocidas, con historias diferentes o similares que ella se imaginaba.

Tras la cristalera de una cafetería dos jóvenes compartiendo, el que parecía, su primer beso. Y en las escaleras de la boca del metro una señora con sandalias y calcetines, vendiendo pañuelos de papel.

Siguió caminando calle abajo y en la plaza que encontró ante ella, dos chicas se reencontraban  frente a la fuente, con un abrazo de esos inmensos, que crea el paso del tiempo.

Eran ya muchas las personas que habían quedado inmortalizadas con su antigua cámara “Argus”. Con ninguna otra máquina más moderna sentía el placer de hacer instantáneas, más que con la que su padre le regaló aquel olvidado día que nunca debió haber ocurrido.

Los acontecimientos trascurrieron  un soleado domingo que se coló entre los días grises y lluviosos del invierno.  Y como cada domingo la familia se reunía, casi al completo, en el asador de un amigo, situado a unos treinta kilómetros.

Aquella mañana al despertar, la  joven encontró a los pies de su cama una gran sorpresa. Su padre había restaurado su vieja cámara de fotos,  y junto con su estuche de piel marrón, era el mejor regalo para que su hija Sara retratara a los personajes de las historias, que siempre la gustaba imaginar acerca de los desconocidos que veía en la calle, el tren, en el cine o en el campo.

Sara estaba pletórica con el regalo y deseada estrenarlo cuanto antes. Por eso aquel domingo pidió permiso a sus padres para quedarse en casa con las primas, quienes nunca iban a la comida familiar, y así salir al pueblo para buscar extraños que retratar. Además siempre se aburría en aquellas comilonas donde solo se hablaba de rifirrafes y cotilleos del pueblo y vecinos.

Sus padres accedieron y Sara se puso en marcha. Entre el bar de Herminio, donde siempre iban desconocidos de pueblos colindantes a jugar la brisca y el tute, y la estación de tren pudo recopilar a los primeros protagonistas de sus vidas imaginadas. Las primeras fotografías de una gran colección que crecería a partir de aquel día, casi como una obsesión.

Esperaba a sus padres con la cámara en mano, llenando de detalles las historias creadas. Pero sus padres no regresaron, un accidente en el camino de vuelta, del que ella se salvó por aquella antigua  máquina, fue la causa fatídica.

Las fotos que sacaba las clasificaba en función de las historias que las acompañaban, y las guardaba en cajas de latón bajo la cama.

Entre las calles de la ciudad donde había decidido detener su regreso, encontraba historias que nunca había imaginado antes. Y eso le gustaba. En el instante que iba a fotografiar a un niño al que se le escurría el helado entre los dedos, una señora llamó su atención.

Entraba en la tienda de libros que había al otro lado de la calle. Era una tienda de esas que tienen ascensor y varias plantas.

La señora llevaba un vestido verde, zapatos de tacón y el pelo recogido como una ensaimada. Parecía salir de algún evento importante, sin embargo entraba en la tienda cargando una caja vacía de cartón de gran tamaño.  Sara cruzó la calle y entró en la misma tienda. La señora, con arrugas elegantes como su vestido, caminaba entre las estanterías y expositores. Se detenía, cogía un libro, lo ojeaba, lo olía y lo volvía a dejar en su sitio o lo metía en la caja. Varias veces, cuando la joven se disponía a inmortalizar uno de aquellos instantes, la señora siempre la descubría. Pero sin darle importancia la dama seguía con su búsqueda. Cuando ya tenía la caja casi llena, pagó y salió del establecimiento. Fue en ese preciso momento cuando Sara disparó su foto. Pero estaba demasiado cerca. La señora giró la cara, la miró dudosamente y Sara retrocedió mientras sigilosa lanzaba un “lo siento”.

Sin embargo y a pesar del gesto de ambas, la reacción de la señora sorprendió a Sara. La invitó a tomar un café, así sin más.

La señora, de nombre Encarna, olía a canela y tenía una voz angelical. Charlaron largo y tendido durante el café. Tanto y tan bien que Encarna ofreció a Sara su casa. Ésta aún no había decidido dónde hospedarse y la noche se abría paso.

La casa estaba cerca de aquella céntrica  calle con multitud de gente y tráfico casi permanente. Sara estaba inquietante. Aún no se había atrevido a preguntar a Encarna sobre la caja de libros, y ella tampoco había contado nada al respecto.  Quizás si se quedaba en su casa podría averiguarlo. Era una buena idea.

Vivía sola en un edificio antiguo, en el último piso, y como Sara estaba a punto de descubrir estaba lleno de libros. Los techos eran altos, las puertas chirriaban y no quedaba espacio sin ocupar por alguna novela, cuento, antiguos ejemplares o los últimos bestseller. Todos mezclados y sin mota de polvo.

La joven intentaba descifrar aquella historia con su imaginación, pero estaba anonadada. Quizás fuera escritora o simplemente le apasionaba leer.

Sara no tenía billete de regreso a su casa y Encarna no la invitaba a abandonar la suya, pues la compañía era bien agradecida. Sara seguía sin preguntar sobre la cantidad de libros, pero la señora sabía de su interés desde el momento que la descubrió con su “Argus” en la casa del libro. Podría contárselo, quizás aquella joven la ayudara después de tantos años.

Así, una mañana mientras desayunaban en las sillas de hierro del balcón, Encarna habló. De carrerilla y casi sin coger aire.

Se había quedado viuda a los pocos días de mudarse con su marido a aquel piso.

Él, de nombre Agustín, era un empresario conocido en la ciudad de aquellos tiempos, en que los grandes de la literatura frecuentaban el Café Gijón. Llevaba varias imprentas y varios de sus amigos fueron de aquellos que se abrieron camino entre las letras hasta llegar al Café.

Encarna había conocido a Agustín en el pueblo toledano de su madre. Se conocían desde críos, pero Agustín había emprendido otros caminos lejos del campo. Cuando tuvo el suficiente dinero compró el  piso de  Madrid y volvió a por Encarna.

Ella se había dedicado siempre a cuidar de sus hermanos pequeños y a ayudar en el campo. Ni en la escuela del pueblo pudo ocupar un asiento. Pero Agustín le había prometido enseñarle a leer en cuanto se acomodaran en la ciudad.

Ambos estaban ilusionados con el piso, desde donde podían ver la Gran Vía. A Encarna le gustaba oler las manos de su marido cuando este llegaba de la imprenta. Desprendían el aroma del papel. Un olor que quiso recordar cuando él faltó. No habían tenido tiempo de leer juntos, ni de pasear por cada rincón de la ciudad.

Tras su muerte y con la fortuna heredada Encarna cayó inmersa en una obsesión. Comprar libros. No quiso aprender a leer y se dedicó a comprar aquellos ejemplares, que al cogerlos,  la inspiraban el mismo olor a papel que el de las manos de Agustín. Y así año tras año acumuló cientos de libros entre las paredes de su casa.

A Sara el desayuno se le había atragantado. La obsesión de su amiga se parecía a la suya por  fotografías de personas desconocidas de quienes imaginar vidas.  Ahora Sara recordaba el paso de los años. No tenía nada que valiera la pena en su historia, más que la cámara de fotos de su padre y un montón de cajas de latón llenas de imaginaciones. Al igual que Encarna. Aquella señora de elegantes vestidos,  su historia también estaba vacía, solo contenía un libro tras otro que nunca podría llegar a leer.

Ninguna había tenido rumbo en sus vidas desde el fatídico día, pero sin embargo ahora tenían más que eso, tenían la brújula.

Sara enseñó a leer a Encarna y ésta, con el dinero que aún le quedaba de la herencia, financió una exposición de fotografías, donde la joven pudiera dar a conocer sus retratos. Con el paso de los días la señora terminó de leer varias novelas,  y Sara se abrió camino en el mundo de quienes miran tras el objetivo de una cámara.

Entonces fue cuando decidió guardar su antigua “Argus” en la funda de piel marrón y en el baúl rescatado de la casa de su infancia, en un viaje en que Encarna la acompañó para conocer al resto de su familia.

Encarna también se despidió de sus libros y estos fueron donados a varias bibliotecas de diferentes ciudades y países. Vendieron el  piso  a las puertas de Gran Vía y compraron una casa en la Sierra madrileña. Sara siguió sacando fotografías y exponiéndolas en diferentes galerías, exposiciones y concursos. Encarna siguió leyendo al amanecer, tras las comidas y antes de dormir.

A veces las dos recordaban. Sara abría el baúl y sacaba de la funda, la que fuera su primera y única cámara de fotos, durante muchos años. La contemplaba durante horas y la volvía a guardar.  Encarna se acercaba  las páginas de los libros a la nariz y se empapaba del aroma todavía fresco del papel.

Ambas recordaban, con mimo y dulzura unas vidas truncadas, el tiempo perdido en la desolación  y una vida que ahora continuaba sin olvidar lo que hubiera podido ser.

Comentarios

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7 comments
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  1. chicos…..uno de los mejores relatos,

  2. Espero con aviez el proximo, me han gustado todos, en especial el último.

  3. Para cuando el proximo ??

  4. ¡Que buen relato! Que pena que yo no tenga esa capacidad para poder describir las cosas como tu, deseo que pronto nos deleites con otro.
    Quisiera por otra parte dar las gracias, ya lo he hecho con anterioridad, pero me vuelvo a reiterar, por este lugar que nos permite estar en contacto directo con nuestra tierra, ya que al tener que vivir lejos mucha veces estábamos aislados de lo que sucedía y se pensaba, no os podéis imaginar lo que supone para nosotros este contacto, también desde aquí quiero mandar un saludo muy cariñoso a mi entrañable Mily que se que desde hace poco nos observa desde la lejanía. No olvidéis paisanos que aunque distantes os queremos y seguimos

  5. Me encanta, es precioso. Cuando será el próximo?

  6. He intentado publicar un comentario en la sección edición,pero no esta habilitado por el editor. Soy lector hace tiempo,y creo que hay que ser realista y no perturbar la realidad. EN este articulo,al igual que en "no curres gratis" creo que hay algo que no cuadra. Todos queremos mejorar , obtener un buen puesto de trabajo, y para ello tenemos que hacer practicas o engrosar el curriculum. A veces trabajar gratis es la única solución. Al menos así se consigue experiencia,imprescindible oy en día. Es una forma poco agradecida y bastante pobre e ilícita,pero no se debe animar a no hacerlo. Este diario,por el cual siento gran admiración, ¿De que subsiste?. Tal vez no sea el mejor ejemplo. Aun así,todos mis respetos. Pero seamos serios.cuando no queda otra…si la tpa o publico quieren subsistir,deben hacer un esfuerzo,como todo el mundo.bueno,ellos no.los trabajadores,q e son los mas perjudicaos

  7. Un pequeño matiz quizá te ayude a comprender mi punto de vista Basil: hacer cada día Celoriu.com, aunque el resultado profesional te pueda indicar lo contrario, no es un trabajo, es un placer y una contribución humilde a nuestro pueblo. Afortunadamente los que hacemos cada día Celoriu.com tenemos trabajo (que no hacemos gratis), y nuestra aportación aquí es libre y voluntaria.