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El bolso de Odamae (XIII)

Publicado el Lunes 22/02/2010 | Escrito por | Sección: Colaboraciones

bolso odamae

El metro se detuvo. El último pasajero que quedaba en el vagón aparte de mí, posó con cautela su mano sobre mi hombro y bamboleó ligeramente mi cuerpo. Entonces desperté sobresaltada ante su sonrisa, que parecía haberse congelado en el tiempo. Haber madrugado más de lo acostumbrado para ese viaje traía consigo estas cosas, podía quedarme dormida en cualquier momento. El metro no era el lugar idóneo, pero a mis párpados, que se caían lentamente, no les importaba.

El tren de la línea verde que rondaba bajo los cimientos de la ciudad llegó a su fin.  Me había pasado de largo la parada en la que tenía que bajarme. La parada de Ópera. Ahora tendría que cambiar de andén para retroceder  unas catorce estaciones. Miré el reloj, llegaría tarde.

Pensé en hacer una llamada para avisar, pero la falta de cobertura telefónica bajo el suelo tiró por tierra mi opción de salvar un encuentro muy deseado. Desabotoné y volví a abotonar el abrigo tantas veces como me fue posible durante el resto del trayecto. Quizás estaba algo nerviosa…

Cuando nos encontrábamos a tan solo  dos paradas de Ópera, los vagones se pararon en la inmensa oscuridad de algún túnel. Saqué el móvil de nuevo e intenté volver a llamar, deseando que  la llamada diera tono. Pero no fue posible. Y él no esperaría.

Perdería la oportunidad que me esperaba en aquellos momentos, sentada en la silla azul del Anticafé. La última vez que nos habíamos visto allí fue también para desayunar  y recuerdo que compartimos un trozo de tarta de zanahoria.

El tren permanecía inmóvil. Avisaron por megafonía que debido a una avería en la máquina, continuaríamos hasta la próxima estación, pero allí tendríamos que desalojar los vagones y cambiar de tren para continuar la ruta. Las agujas del reloj no se detenían y los minutos pasaban. El mecanismo de mi cerebro se puso en marcha como una máquina loca sin frenos.

Había pasado tanto tiempo que su imagen se hacía borrosa en mi pensamiento. Seguía segura de que no me esperaría, no más de cinco minutos, tendría la agenda muy ocupada como para perder el tiempo. Se levantaría de la mesa, fijaría en su retina la hora en que salía de la cafetería, colgaría la llamada que yo lograría hacerle inmediatamente al salir del metro, y por el camino abriría su agenda para tachar nuestro encuentro y centrarse en el siguiente punto del día.

El tren se puso en marcha hasta la siguiente parada, en la cual tuvimos que abandonar aquellos vagones. Si cambiaba de metro tardaría el doble de tiempo, así que decidí salir a la calle, levanté el brazo enérgicamente al primer taxi que vi  y cogí el teléfono. Como había pensado la llamada fue rechazada. Era el momento en que yo  imaginé cómo él salía de la cafetería sin querer saber nada de mí. Y estaba en su derecho. Aquella última vez que desayunamos en el Anticafé, nuestro rincón para perdernos en el tiempo, le dije que me iba. ¿Por qué? ¿A dónde?  Ni yo lo sabía. Solo sabía que aquella no era la vida que yo había imaginado.

Parecíamos incompatibles, el sol y la luna. A veces formábamos un eclipse, pero nosotros pensábamos que eran tan pocas veces… y qué equivocados estábamos.  Quizás me había dado cuenta muy tarde, o quizás no, y todo lo podría arreglar tras aquel encuentro. Pero él no me habría esperado…

El taxista me dejó en la calle Unión. Bajé del coche a cámara lenta mirando el reloj. Media hora tarde. Demasiado.

Si estuviera aún allí, ¿cómo le diría que me volvía con él? , y si no estaba ¿qué haría entonces?

Como la sonrisa del señor que me despertó en el metro, congelada en el tiempo, se congeló aquella imagen cuando le vi sentado en aquella silla azul. Y  sobre la mesa, un trozo de tarta.

Me acerqué. Ambos dibujamos una sonrisa. La tarta era de zanahoria. Nos abrazamos fuerte. Hoy su agenda estaba vacía. Todo el día estaba vacía. Y nuestro eclipse tuvo lugar.

Hablamos largo y tendido. Él también tenía algo que decirme. Yo iba a volver a la ciudad con él y él estaba dispuesto a irse conmigo. Pero hicimos algo mejor,  cogimos un mapa y tras varias horas divagando nos decidimos. Nos íbamos lejos, allí donde siempre habíamos bromeado con irnos cuando éramos aún más jóvenes.

Cuando yo me fui años atrás, él siguió con la vida que siempre había imaginado y yo había construido la mía. Pero sin embargo, aquellas vidas habían seguido muy vacías. A veces les faltaba la pizca de sal, y otras, una pizca de azúcar. Nos habíamos olvidado de lo más importante. La persona con la que queríamos disfrutarla. Así que, lo que hicimos fue construir otra vida en la que los dos nos  hubiéramos imaginado, pero esta vez  sin olvidarnos por el camino.

Desde entonces nunca olvidamos aquel desayuno. Cada mañana despertábamos con él: café con leche y tarta de zanahoria.

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  1. Dicen los sabios…que el tiempo sabe..poner cada cosa en el sitio que cabe…pasan los años…y aquí me tiene…Café Quijano acompaña cualquier desayuno a pesar de lo exótica que sea la tarta y lo especial que sea la Princesita.