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El bolso de Odamae (XII)

Publicado el Domingo 7/02/2010 | Escrito por | Sección: Colaboraciones, Destacados

bolso odamae

“Cocina Rumana” era el libro que Lucía había decidido bajar de la estantería. En unas horas su padre estaría pulsando el botón del último piso en el ascensor y picando en la puerta .

Hacía un año desde que padre e hija no se veían, y él aún no conocía el ático que Lucía se había alquilado en uno de los barrios más centricos de la ciudad. También hacía un año desde que ambos habían decidido cambiar el lujoso chalet de Aurora por un  hogar diferente.

Juan, como se llamaba su padre, había decidido abandonar el despacho de abogados en el que trabajada y alejarse de la ciudad. Pensaba viajar y trabajar en aquello que encontrara  por el camino. Por otro lado Lucía empezó a trabajar en un despacho de arquitectos y alquiló un ático en un edificio antiguo del Barrio de las Letras. Lo reformó y decoró alejado de los lujos y excesos con los que había crecido desde los cinco años, momento en que su padre se casó con Aurora y vendió su piso para mudarse al chalet de su mujer.

El libro que había elegido Lucía para cocinar, “Cocina Rumana”, se lo había enviado por correo desde Buftea su amiga Nicoleta, quién había trabajado tres años en casa de Aurora, y con quien había hecho buenas migas. A ella también hacía un año que no la veía. Y es que fue el mismo día, un año atrás, cuando su padre cogió un vuelo a Shangai y Nicoleta un vuelo de regreso a su país.

Se puede decir que todo comenzó un  tres de marzo, cuando nació Nico, el primer nieto de Nicoleta. Era grande y tenía unos mofletes rojos frente a la palidez de su piel. Desde  Buftea le enviaban fotos que siempre enseñaba a Lucía, a quien también le leía los emails y le contaba sus preocupaciones. Pero fue desde aquel tres de marzo cuando las sonrisas de Nicoleta dejaron paso a frías palabras, sus conversaciones y bromas cedieron el puesto al silencio y a las mirada caidas en el suelo. Lucía pudo entender la tristeza que le provocaba la lejanía de su familia. Hacía muchos años que no viajaba a su país, y el nacimiento de Nico había caído como un ancla en el fondo del mar. Se quedaba absorta mirando desde el jardín la casa de la esquina, donde también había llegado un recién nacido y donde las visitas de los abuelos de aquella familia, se habían hecho frecuentes.

Durante ese tiempo las conversaciones entre Juan y Aurora también dejaron hueco para el silencio. Aurora inmersa en la nueva colección de ropa que iba a sacar a las pasarelas, y él tenía siempre tanto trabajo, que no se permitía desconcentrarse ni dos segundos.

Lucía intentó comentarles el caso de Nicoleta con la intención de que Aurora le diera unos días libres para poder descansar. Pero como de costumbre las conversaciones con Lucía siempre quedaban reducidas a un “ahora estoy ocupado, luego hablamos hija” o “ahora estoy ocupada Lucía, no creo que tenga más importancia que mi colección, ya me contarás en otro momento”. Por lo que abandonó la idea de que cualquiera de los dos dieran permiso a Nicoleta para ausentarse del trabajo. Fue Lucía quien se lo dio, para que así su amiga pudiera conocer a su nieto.

Lucía sacó dos billetes para Bucarest. Allí cogerían un autobús hasta Buftea. Nicoleta no podía creerselo. Pasarían  quince días en Rumania. Se fueron sin decir nada en casa. Nada. La vuelta era incierta, pero el viaje merecía la pena.  Durante los quince días Lucía no respondió ninguna llamada. Tan solo le mandó un email a su padre diciéndole que estaban bien y que siguiera con su trabajo que seguro era más importante.  A la vuelta, pareció no haber sucedido nada. El silencio se hizo más profundo. Nicoleta continuó trabajando hasta  final de año, gracias a la  firmeza que Juan mostró ante Aurora. Aurora  permaneció absorta en sus vestidos y ausente de lo que sucedía en su casa.

Juan comenzó a dormir en la habitación de invitados y a tramitar los papeles de divorcio. También empezó a invitar al cine, a cafés y a comidas fuera de casa a su hija. Lucía recuperó las sonrisas y bromas compartidas con Nicoleta, y Nicoleta cocinó para Juan y para Lucía las especialidades de la comida rumana. Les gustó tanto aquella comida, que cuando regresó a Rumanía  envió a su amiga un libro de cocina.

Así, ahora era Lucía quien cocinaba comida rumana para su padre. Sonó el ascensor. Juan estaba allí. Tenía todo listo salvo un último detalle, posó la camara de fotos cerca de la mesa. Quería enviarle a Nicoleta una fotografía del momento. Así era la vida, podía dar tantas volteretas como ésta.

Comentarios

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2 comments
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  1. Uy, qué bonito. Sí, así es la vida, que nos destartala cuando menos lo esperamos.

  2. Hola,vas madurando…..literalmente hablando,muy bonito…..muxos bsines