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El bolso de Odamae (XI)

Publicado el Domingo 31/01/2010 | Escrito por | Sección: Colaboraciones

bolso odamae

Todas las cabezas se giraron y clavaron sus miradas en aquel renacuajo sentado en la alfombra. Era yo. Jugaba con Delia, mi vecina, en el salón de su casa mientras sus padres, los míos y otra pareja reían, comían y bebían sin la mínima intención de hacernos caso.

Varios años después entendí el revuelo causado en aquel salón por la inocente frase salida de mi boca.

Acercándose las altas horas de la noche en las que a Delia y a mí se nos empezaban a espesar los párpados, los mayores ya no comían, solo bebían y hablaban en lenguaje clave para nosotros, acerca de sus experiencias nocturnas. La televisión retrasmitía un programa donde salían objetos raros, hombres y mujeres escasos de ropa y donde la presentadora hablaba en el mismo lenguaje clave que nuestros padres. Cuando crecí supe que el programa que veían aquellas noches trataba del sexo y se llamaba “Dos rombos”. Pues bien, durante el programa salió una imagen donde una pareja realizaba en la cama movimientos extraños. Para entonces Delia y yo habíamos dejado de jugar y motivados por el sueño nos habíamos tumbado en el suelo intentando descifrar de qué hablaban los mayores. Ante aquella escena que me resultaba familiar por haberla visto alguna noche en casa, exclamé mientras miraba a mi amiga: ¡mira, papá y mamá!  Y los mayores, que agudizan el oído para saber que decimos los pequeños, solo cuando quieren, esta vez lo agudizaron y empezó el alboroto.

Hasta aquel momento habíamos permanecido en el olvido de nuestros padres. Por lo que nos conocíamos y nos metíamos en cada rincón del salón, bajo la mesa, tras el sofá, entre los butacones y habíamos rodado de todas las maneras posibles sobre aquella alfombra marroquí de color rojo-teja. Pero mis palabras los habían ruborizado y solo en aquel instante se habían dado cuenta de que no eran horas de que dos niños estuvieran aún despiertos.

Siempre que mis padres se reunían con sus amigos en casa de Delia nosotros dormíamos juntos. Pero esa noche  a mí me acostaron en la habitación que llamaban de invitados.

¿Por qué se comportaban tan raros los mayores? ¿Por qué mis palabras no habían sido bien recibidas? Delia y yo no entendíamos aquello, pero estábamos tan agotados que dejamos que nos metieran a  cada uno en una cama sin rechistar.

Bastantes años después, me preguntaba qué pensaba yo cuando tenía cinco años y espiaba a mis padres las noches en que se movían frenéticamente en la cama. Ellos nunca lo supieron hasta la noche en casa de Delia en la que me prohibieron dormir con ella. Me preguntaba esto y también si  ¿me espiaba ahora a mí mi hijo? o ¿simplemente habría tenido una pesadilla y había ido a buscarme a la habitación en mitad de la noche?

Fue durante el frenesí que estaba derrochando en mi cama cuando vi una sombra tras la puerta que había quedado entreabierta. Rápidamente extendí el brazo y encendí la luz de la mesilla de noche. Nacho, con su peluche colgando de su mano, nos miraba desde la puerta. Me incorporé de inmediato, Elena soltó un quejido, me puse el pantalón del pijama y cogí a mi hijo en brazos. Mientras me lo llevaba a su habitación él miraba fijamente a Elena, que aún no se había percatado de lo ocurrido.

Arropé de nuevo a Nacho y cuando me alejaba de su cama, me pidió volver con mamá.

Le había criado yo solo, aunque al amparo de Delia, a quien mi hijo llamaba mamá. Ella  cocinaba todos los días para nosotros y cuando yo tenía trabajo acumulado se llevaba a Nacho al parque. Al parque siempre le llevaba ella y cuando yo podía acompañarles me quedaba sentado en un banco, pues no soporto que se meta la arena en los zapatos. Normalmente  dormíamos en su casa, excepto alguna noche que ambos nos dejábamos libres. Entonces yo volvía  a mi casa. Nacho venía conmigo, le gustaba encontrar a los piratas escondidos en cualquier rincón de su habitación donde los guardaba cada vez que dormíamos allí. Y cuando se quedaba dormido, venía a visitarme Elena, quien en su momento había sido mi abogada.

Aquella noche las palabras de mi hijo retumbaban en mi cabeza, ¡quiero volver con mamá!

Me habían hecho recordar las noches de espía cuando yo era un niño y las noches pasadas entre las mismas sábanas con Delia cuando nuestros padres hablaban en un lenguaje clave para nosotros.

Ahora éramos nosotros quien hablábamos ese lenguaje y Nacho quien nos espiaba. O quizás no, quizás él no espiaba a los mayores. Pero si así fuera… ahora con Delia, ahora con Elena, Delia, Elena, Delia… él quería a mamá, a Delia, ella era quien nos hacía sonreír.

Por la mañana  dejé a Nacho en el colegio. A esa hora Delia estaría empezando la consulta y yo debería irme camino a la oficina. Pero las palabras de mi hijo seguían golpeando mis pensamientos y la imagen de Delia anudaba mi estómago. Llamé a la oficina y avisé de que llegaría tarde. Me dirigí al centro de salud y me colé en la sala de espera de pediatría. La consulta dos estaba cerrada, esperé y cuando salió la mamá con el bebé que estaba dentro entré sin dar tiempo a la doctora para llamar al siguiente paciente.

La inocencia de aquel despacho repleto de dibujos colgados por las paredes,  juguetes y cuentos rodeando cada rincón nos envolvió con la química que desde niños nuestros cuerpos habían despertado. Un lenguaje clave de miradas, silencios y  movimientos nos invadió.

A la semana siguiente colgué el cartel de “se vende” en mi antigua casa. Nacho y yo nos mudábamos definitivamente.

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  1. Me encantan estos escritos, me tienen enganchada todas las semanas.

  2. Un verdadero lujo tener a Audrey Keiko escribiendo relatos en exclusiva para Celoriu.com. La verdad que sí. Gracias por tu comentario, seguro que a Audrey le hace mucha ilusión! Este fin de semana nos obsequiará con un nuevo relato…